Por el Lic. Néstor Sierra Fernández
PUNTO SUR

 

La historia del peronismo es el espejo del populismo: en este tiene su génesis y su razón de ser. Las últimas medidas del Presidente Alberto Fernández lo demuestran.

Ayer, el ministro de Transporte, Mario Meoni, anunció que «se mantendrán las tarifas actuales de colectivos y trenes por un lapso de 120 días»: con otro relato, se trata de un congelamiento.  Y se suma al freno a las subas por seis meses de las tarifas (luz, gas, por ejemplo). Y a la recuperación solo de 7 puntos del 21 por ciento de IVA que el expresidente Mauricio Macri, en otra medida populista en contexto electoral, había quitado de los alimentos más necesarios en la canasta básica.

El problema es que los recursos son escasos, lo que significa que no hay de todo para todo el mundo, gratis.

En efecto, nada goza del beneficio de la gratuidad. Un colectivo, para ponerse en marcha y llevar pasajeros, necesita de un empresario que haya comprado el coche, que quiere ganar plata; un trabajador que lo conduzca y que se detenga en cada parada a facilitar el ascenso y transporte de las personas, en su mayoría también trabajadores que van a sus empleos a ganar un salario, el mismo fin que tiene el colectivero al realizar su trabajo. Y esto no solo en la Ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires, donde ya rige el congelamiento de los precios de los pasajes, sino en todo el país y en el mundo. Todos lo hacen con el lícito y lógico fin de ganar dinero.

Pero como es seguro que no habrá inflación cero entre enero y abril (es decir, durante los 120 días), las empresas deberán pagar un bono a sus trabajadores y les aumentará el gasoil y otros insumos. Como no podrán aumentar sus pasajes, el gobierno no les aumentará los subsidios: consecuencia, sacarán menos colectivos a las calles para bajar costos, con menos trabajadores choferes. Y si el gobierno los obliga a que sigan poniendo unidades, o deberán aumentarle los subsidios o explotará el congelamiento.

Para que quede claro: si los costos no lo pagan los pasajeros en forma directa al asomar al lector su tarjeta SUBE, lo paga el gobierno, o sea el Estado, es decir, el pasajero lo termina pagando con los impuestos. Y se terminó el relato.

Repito el concepto número uno de economía: el problema es que los recursos son escasos, lo que significa que no hay de todo para todo el mundo, gratis. Alguien lo paga.

Por el mismo motivo, y con similar proceso, es probable que, como consecuencia del congelamiento de las tarifas de gas, las empresas que exploran y obtienen el fluido caven menos pozos, el transporte del combustible a los centros urbanos disminuya, y llegue menos cantidad al AMBA, donde aumentará el consumo porque el precio no aumentará, mientras sí lo hará la inflación. Consecuencia, otra vez, como durante el kirchnerismo, el gobierno disminuirá el gas a las industrias (ya alicaídas) para que haya más para los domicilios, que lo pagarán barato, salvo si el gobierno aumenta los subsidios. Y lo mismo con la luz.

Y como los precios de los otros bienes y servicios subirán con la inflación, los de las tarifas congeladas quedarán retrasados (es decir, los precios relativos), hasta que al fin del congelamiento recuperen el camino que no le dejaron andar. La historia de los congelamientos y los controles de precios, en nuestro país y en el mundo, lo enseñan.

El problema, insisto, es que los recursos son escasos, lo que significa que no hay de todo para todo el mundo, gratis. Alguien lo paga. Por más que el populismo pretenda relatar lo contrario.

 

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Año XVI Edición 5939