El Presidente Alberto Fernández tuvo un discurso de Apertura de Sesiones del Período 138º del Congreso Nacional plagado de buenas intenciones, pero contradictorio. Carente de la comunicación de un plan económico tendiente a hacer crecer a la Argentina para sacarla del endeudamiento y del atraso, lejos de ello los conceptos presidenciales fueron definiciones de que su gobierno se basará en políticas de neto corte populista, sin fundamentar de dónde sacará el dinero para solventarlas.

Desde luego, es plausible la intención de que “nuestro apego a la idea de lograr el desarrollo a través de la inversión productiva y la generación del empleo es inquebrantable”, pero a pocos días de esa expresión, el jefe de Estado le subió al sector agrícola en tres puntos las retenciones a las exportaciones. Subir el impuesto a las ventas al exterior de un sector que es el que más dólares le genera al país por esa vía, justo cuando la Argentina necesita imperiosamente obtener divisas, que el mundo ya no nos presta, es antagónica con la intención expresada por Alberto Fernández, además de inentendible e inconcebible, salvo por una tonta aversión ideológica que ve a los sectores rurales como “el enemigo terrateniente”, inmerso en el ADN de la vicepresidenta Cristina Fernández.

En otro pasaje de su oratoria, el titular del Ejecutivo le subrayó a la Asamblea Legislativa un “nunca más a un endeudamiento insostenible”, definición que implica por sí misma la baja del déficit primario (diferencia entre lo que el gobierno recauda por impuestos y gasta) a cero, pero al mismo tiempo enunció que en su corto tiempo de presidencia, su gobierno dio un aumento salarial de 4.000 pesos a trabajadores estatales con remuneración inferior a 60.000 pesos (medida aceptable), un Bono de Emergencia de 5.000 pesos para jubilados en los meses de enero y diciembre y otro subsidio de 2 mil pesos a cada hijo de las titulares de la Asignación por Embarazo y de la Asignación Universal por Hijo, mientras aumentó la jubilación mínima a costa de darle menos aumentos a las jubilaciones superiores a la mínima (20 mil, 25 mil pesos y más, ciertamente ninguna millonada) y, por lo demás, sin quitar ningún plan social. Todo lo cual conlleva a millonarias erogaciones del Estado.

Pero con respecto al asistencialismo, ratificó que “casi un millón de familias ya son titulares de la tarjeta AlimentAR, incluyendo a un millón seiscientos mil niños y niñas de 0 a 6 años, embarazadas y discapacitados con AUH, que logran el acceso a una canasta alimentaria de calidad, con leche fluida, verduras, frutas, carne y otro tipo de alimentos frescos”. Como con esa tarjeta se puede comprar por un promedio de $5000 mensuales, la erogación total por este programa es de cinco mil millones de pesos, es decir, un 5 seguido por nueve ceros, y además, este programa no implica la quita de los mencionados planes a las mismas beneficiarias.

Si a este panorama le sumamos otro hecho que el presidente dijo con orgullo, “el congelamiento temporario de tarifas, suspensión del aumento de peajes, en el transporte público y en combustibles”, da como resultado que las cuentas públicas pasaron de superavit primario en enero de 2019 de $16.658 millones a un déficit, el mismo mes de 2020 de $3766 millones (datos del Ministerio de Economía poblicados el 26 de febrero).

En definitiva, los aumentos de impuestos “solidarios” más el cepo cambiario, no alcanzaron para solventar un déficit que el gobierno no parece querer disminuir para que pare la inflación, sino más bien todo lo contrario.

Como dijo Milton Friedman, la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario (empeorado en nuestro país por los formadores de precios, aquí tiene razón el Presidente) y en la Argentina lo es desde 1948, por emitir para solventar esos déficits.

Con las políticas anunciadas a la Asamblea Legislativa (si puede llamarse política al asistencialismo y no a la producción), la inflación está lejos de pararse, y de seguir con la emisión monetaria los argentinos vamos camino a sufrir otra hiperinflación.

Antes de eso, todavía el gobierno está a tiempo de reflexionar y cambiar.

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2 Comentarios

Mirtha Legrand 8 de marzo de 2020 at 13:19

Reflexionar y cambiar. Dos palabras que no figuran en el diccionario peroncho. Jamás reflexionan, ello no vinieron a cambiar más que la situación judicial de los corruptos funcionarios engendrados en el laboratorio populista K.

Silvio Soldán 8 de marzo de 2020 at 13:22

Reflexionar y cambiar. Dos palabras que no figuran en el diccionario peroncho. Jamás reflexionan, ellos no vinieron a cambiar más que la situación judicial de los corruptos funcionarios engendrados en el laboratorio populista K.

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Año XVI Edición 5446