Por Néstor Sierra Fernández
@nesifear

«Sarasa». La frase del ministro de Economía Martín Guzmán, que se viralizó esta semana en la presentación del presupuesto 2021, es un perfecto resumen de este gobierno.

El presidente Alberto Fernández pide casi a los gritos que los argentinos ahorremos en pesos y que nos compremos una casa (los que podían hacerlo) en pesos. Pero sus mismos funcionarios ahorran en dólares. Sarasa.

Antes, declamó que el país debe coadyuvar a la exportación para atraer dólares. Sarasa: dice una cosa y hace todo lo posible para ir en la dirección contraria. Resultado: las palabras presidenciales y de Guzmán, que había logrado cierta reputación tras la renegociación de la deuda, hoy valen menos que las acciones de las empresas argentinas en la bolsa de Nueva York, o que el peso argentino en Uruguay, donde está 0,00 (cero) pesos uruguayos para la compra y 0.50 para la venta. Ningún uruguayo paga nada por un peso argentino, y solo lograría centavos si alguien, un alguien kafkiano que no existe, quisiera comprarlo.

¿Por qué tanto descreimiento, por qué tanto desaguisado?

El gran problema vuelve a ser el dólar, un dejâ-vu en los argentinos. Primero con el impuesto PAIS y hace dos semanas adicionándole el de Ganancias, el Gobierno intentó equiparar la cotización oficial a la del blue a 130 pesos para comprarlo. Pero reafirman desde el oficialismo «No, la cotización está a 79 pesos». Más sarasa.

No hace falta empezar Economía I para saber que la emisión por sobre el dinero necesario para adquirir todos los bienes y servicios de un país es lo que genera inflación. Se supone que lo saben también los gobernantes y su ministro platense educado con Joseph Stiglitz. Desde el 10 de diciembre, la administración Fernández no hizo otra cosa que subir los impuestos a los que trabajan para subsidiar a los supuestamente pobres, que se acostumbraron a vivir desde el 2001 del dinero de los que producen. Pero además, emitió. Con la cuarentena (no la pandemia), en una medida comprensible, el Estado cumplió su rol de ayudar a los que se quedaron sin trabajo debido al cierre de comercios y pymes, pero sin ahorros y sin nadie que nos preste, no quedó otra que emitir. Y la emisión produce inflación, porque el dinero de más o se usa para aumentar la demanda sobre la misma oferta o se usa para comprar dólares.

La oferta monetaria en efectivo, el dinero que tenemos en el bolsillo más lo que está depositado en caja de ahorro más los depósitos en cuentas de los bancos en el Banco Central (no los encajes), el 22 de septiembre (datos del Banco Central) es de $2.311.979.000.000 (¿Te perdiste? Es lógico: yo también. Son 2,3 billones de pesos, es decir, dos millones de millones). En el segundo trimestre el Producto Bruto Interno, es decir, la suma de los precios finales de todo lo que el país produce dentro de nuestras fronteras (el Indec lo reveló el martes último), fue de 726.249 millones de pesos. Ergo, hay dos veces más dinero que el necesario para comprar todos los bienes y servicios, sobran exactamente 1,6 billones de pesos.

Repito: la emisión produce inflación, porque el dinero de más o se usa para aumentar la demanda sobre la misma oferta o se usa para comprar dólares.

Al pedir que ahorremos en pesos, el presidente no sabe o sí sabe y hace «sarasa», la razón por la que cuatro millones de argentinos ahorran en dólares, y si no, que se lo explique Guzmán. O cualquier colegial de esos que le twittean y le dibujan su caricatura. Estoy seguro de que lo saben. Con todo respeto por su investidura, me permito correrle al señor presidente el velo, como un Glaucón en busca del sol de la sabiduría, y ayudarlo a salir de las cavernas de la alegoría de Platón.

La moneda, para ser tal, tiene tres características: 1) ser unidad de cuenta: los precios y las cuentas se expresan en unidades monetarias. 2) Medio de cambio: y de cancelación de obligaciones; si vos tomás en un bar un café con dos medias lunas, preguntás cuánto es, el mozo te dice 150 pesos, le das un billete de 100 y otro de 50. Le pediste prestado mil pesos a un amigo, te prestó un billete rosado de ese valor, le devolvés otro billete de mil. 3) Depósito de valor: El dinero es un activo que no se deteriora físicamente con el paso del tiempo, pero pierde valor con el aumento sostenido de los precios (inflación). (Macro para todos: Alberto Pontoni y Fernando Couto; Ed. Cooperativas; 2017). Por lo tanto, después de tantas estafas (70 años de inflación, devaluaciones, corralito, corralón, pesificación, confiscación de depósitos en dólares), y ante tanta pérdida de valor, el argentino se refugia en el dólar, ya que en la Argentina sirve como unidad de cuenta (una casa se valúa en dólares), medio de cambio (al mismo mozo del café, si le decís que le pagás con un dólar, te lo acepta gustoso) y como reserva de valor, o sea, como ahorro, esa palabra inculcada por nuestros abuelos inmigrantes y arrojada bien lejos por el populismo. Y al Banco Central se le terminan los dólares, sobre todo cuando se le van más que los que le entran en concepto de pago de impuestos por exportaciones.

Si la inflación es la causa de que se compren dólares, el gobierno debería dejar de hacer sarasa y combatir la inflación, eliminando el déficit. Que implica que los diputados y senadores se bajen sus «dietas» a la mitad, que no tengan asesores, que lo propio hagan el presidente y sus funcionarios, que se termine con los planes sociales, que se deje de premiar a las embarazadas, que se les reduzcan los haberes a los tres millones de caraduras que cobran una jubilación sin haber aportado nunca, que los jueces que fallaron que no se les pueden quitar esas jubilaciones porque son «derechos adquiridos», que paguen ganancias;  y que dejen de cobrar jubilaciones de privilegio los expresidentes, empezando por la actual vicepresidenta. Sin déficit no habrá inflación, y recién ahí ahorraremos en pesos, y se bajarán los impuestos y volverán las empresas que se fueron porque no les dejan sacar los dólares para comprar insumos. Insumos para producir; producir para exportar, exportar para que ingresen dólares.

Mientras tanto, todo es sarasa.

Y cierro con una frase de, nada menos, el creador del partido peronista. No será que «por cada uno de los nuestros caerán cinco de los de ellos» ni «leña a los agiotistas» (¡Alberto Fernández está a un paso de repetirlo!). No. Esas frases antológicas ya quedaron inscriptas en «la memoria popular argentina». Me refiero a un consejo que Juan Domingo Perón le dio al presidente chileno Ibáñez:

Dele al pueblo, sobre todo a los trabajadores, todo lo que sea posible. Cuando parezca que ya les está dando demasiado, deles más. Todos tratarán de asustarle con el espectro del colapso económico. Pero todo eso es mentira. Nada hay más elástico que la economía, a la que todos temen tanto porque no la entienden. (El ciclo de la ilusión y el desencanto, Lucas LLach y Pablo Gerchunoff, Ed. Paidós, 2018)

Así estamos de tanta sarasa, con el país empobrecido y vacío.

El autor, director de PUNTO SUR, es licenciado en periodismo y cursó el master de Economía en UADE.

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Año XVI Edición 5871