Néstor Sierra Fernández

Por miles se cuentan las personas que manifiestan en la Plaza de los Dos Congresos. Los pañuelos celestes (en contra de la despenalización del aborto) se cuentan por igual con los verdes (a favor).

Si bien el debate en la Cámara de Senadores arrancó temprano, al mediodía y hasta bien entrada la tarde los trenes y el Subte C, desde el Sur del Gran Buenos Aires, estaban inundados de pañuelos verdes, en su gran mayoría en el cuello de chicas entre adolescentes y jóvenes.

En Plaza Constitución, una de las chicas, a falta de pañuelo, lucía verdes sus labios y un corazón en una mejilla. En el subte, que en el mediodía de Buenos Aires empezó a llenarse, cuatro chicas de la «ola verde» charlaban animadamente y sonreían, pero no se bajaban en la estación Avenida de Mayo, en el cruce de esa avenida con Lima, sino en la siguiente, Diagonal Norte. Bajé en la primera de esa estación, y delante mío, formaba parte de un grupo de manifestantes la chica con los labios verdes y el corazón en la mejilla. ¡A los pañuelos verdes, a los pañuelos verdes! voceaba un vendedor. La chica le pregunta el precio: 50 pesos.

En  la avenida más española de Buenos Aires, carpas verdes montadas sobre la derecha, en dirección al Congreso, amparaban a quienes acamparon desde anoche. A la izquierda, todo en pleno asfalto, conté por lo menos seis puestos de patys y sandwiches de bondiola, a 70 pesos. Al agradedcerle al vendedor la información (ese era mi único objetivo), me dijo «es lo más barato que lo vas a encontrar, preguntá en otro lado y vas a ver».

Hacia la 9 de Julio, una muchedumbre pacífica de mujeres «verdes» caminaban hasta el Congreso, cuya silueta apenas se dibujaba en medio del gris plomizo (sin lluvias a las 12.40) sobre pancartas de partidos de izquierda.

Más allá de posiciones, sentí viva la democracia. Manifestarse para peticionar a las autoridades.

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Año XVI Edición 5939