Por Néstor Sierra Fernández.

 

En la columna de hoy de Jorge Fernández Díaz en La Nación, hubo una frase que me despertó una reflexión: en una crítica a Mario Vargas LLosa, el articulista analiza  que «la Europa moderna no hubiera avanzado sin el concurso determinante de ese ideario (la socialdemocracia) que vela por la justicia social dentro de la economía de mercado». Es decir, que una sociedad que avanza lo hace despojándose de dogmas. Esto es, un camino intermedio entre «la lucha del proletariado» proclamada por la izquierda (en un país y un mundo un siglo y medio distante de los postulados de Karl Marx) y el accionar de «la mano invisible del mercado» que todo lo regula, proclamada por Adam Smith en «La riqueza de las naciones» (medio siglo antes que Marx), teoría vigente hasta la crisis de 1930 y la acción del Estado proclamada por J. M. Keyness.

¿Y cuál es entonces ese camino intermedio? La socialdemocracia, es decir, el accionar del mercado con control por el Estado del cumplimento de las reglas de juego (que las empresas no tengan ganancias desmesuradas, por ejemplo), con educación, salud y bienestar más o menos asegurado.

Esto nos lleva a países hoy ejemplo como los nórdicos, como Suecia, donde sus ciudadanos destinan un altísiimo porcentaje de su salario a impuestos, a cambio de servicios estatales de excelencia. Puede ser. Pero la reflexión de Fernández Díaz no puede obnubilar a nadie y olvidar el socialismo del PSOE español, (Felipe González, Rodríguez Zapatero) que despilfarraban recursos pagando jubilaciones hasta a los argentinos nietos de españoles.

Un taxista español, en Barcelona, me definió el populismo y la política española en forma más clara que el mejor político: en marzo del 2014, me soltó «antes, los socialistas nos decían que estábamos bien cuando estábamos muy mal. Ahora, con Rajoy estamos mal, pero por lo menos nos dicen que estamos mal, y yo prefiero que me digan la verdad».

Días antes, una vendedora toledana me trajo recuerdos de la Argentina, y no porque ella hubiese estado en Buenos Aires: «Mira, tío: si hay un puesto pa’ ingeniero, se presentan quinientos, y si merecen un sueldo de 10 mil euros, te ofrecen tres mil, y si no lo coges porque lo estimas poco, el puesto lo tomará el de atrás tuyo». Igualito al «liberalismo sin república (menemismo), otro fragmento con el que Fernández Díaz cita a Vargas LLosa. Entonces, fracasada la izquierda y el liberalismo, ¿dónde está el verdadero triunfo de la socialdemocracia? En España, al menos, no se ve, si es que a lo del PSOE se le podría llamar socialdemocracia.

El problema, es que si se descarta ese tercer camino, ya no hay más senderos en el horizonte. Y si alguien ve ese camino en las derechas nazifacistas de Eurpoa (como Marine Le Pen en Francia), se estrellará contra un paredón más pronto que tarde, porque lo que le parecía el camino era una cortada.

Después del déficit de 4 puntos del PBI dejados por la fiesta cristinista que pagábamos con nuestros impuestos y más emisión, con Mauricio Macri tenemos que pagar la luz, el gas y el agua a precios tal vez algo exagerados, pero más justos. Y también los planes sociales, que Macri no solo no quitó -contra todos los pronósticos, incluso los míos- sino que hasta aumentó. Entonces, un gobierno que quita subsidios a las empresas de servicios públicos y los da en asistencialismo, y que ganó democráticamente, ¿es la dictadura? ¿O en realidad, estamos viendo una socialdemocracia a la argentina, que muchos no quieren ver?

El problema está en creerle o no al Gobierno cuando nos dice que estamos mal, como me dijo de Rajoy el taxista de Barcelona, o añorar al kirchnerismo que daba fútbol gratis, jubilaciones a las amas de casa y planes de dentaduras gratis y de 650 pesos a cada joven que fuera a la Universidad, a costa de imprimir billetes. Total, los platos los paga el que viene…

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Año XVI Edición 5939